Monsieur Lazhar (Philippe Falardeau, 2011) narra el peculiar encuentro entre un inmigrante Argelino y la clase de niños de primaria para la que funge como maestro sustituto luego de el trágico suicidio de su predecesora. En una narración que discurre de manera compacta y eficiente, Falardeau desdobla hábilmente los pliegues del trauma, el duelo, y la memoria, en un espacio escolar enrarecido en el que el espectador es un observador invitado en un gesto casi documental. Por aquí una entrevista con Falardeau y el trailer de la película.
La clase, y la manera en que esta es retratada es uno de los grandes logros de la película; la vida cotidiana al interior de la escuela resulta por momentos sumamente convincente y quedan expuestas frecuentemente las interacciones genuinas de un grupo orgánico, con sus propios códigos y contradicciones, con sus momentos de risas espontáneas y de dolorosos aprendizajes. Cuando crecemos y nos volvemos adultos, preocupados –como la madre del personaje de Alice– por el trabajo, la familia, el futuro, y todas esas cosas que van ganando terreno paulatinamente, es fácil olvidar el tiempo que pasamos en la escuela; las largas horas de convivencia que conformaban la mayor parte de nuestros días infantiles, y que lejos de ser idílicos momentos de aprendizaje estaban siempre sujetos a las tensiones del mundo, a la angustia y al dolor igual que al consuelo y el placer.
A este grupo traumatizado por un hecho incomprensible llega Bashir Lazhar, con sus propios problemas, cargando con la historia de su país a cuestas y con su propio duelo, también producto de la sin razón humana, y desde de este punto de vista igualmente incomprensible. Este encuentro, esta reconciliación con el tiempo presente, es quizás el mejor tramo de la cinta: Mientras Bashir recuerda lo perdido a través de su clase, su clase recuerda a su maestra a través de Bashir; las memorias se transponen y entrañan a la vez dolor y renovación, tanto para el maestro, quien está solo en un país ajeno, como para sus alumnos, quienes encuentran en el Argelino un sustituto muy distinto a su querida maestra. Ambas partes se encuentran en la coyuntura de la circuntancia, no pidieron estar ahí sino que fueron arrojadas súbitamente a un presente de ausencia que no entienden, que consideran injusto y con el que sin embargo deberán aprender a lidiar (De ahí que los temas de las clases de Lazhar sean la violencia y la justicia). Un ejemplo de la complejidad de estos ajustes es cuando al pequeño Simon se le sorprende con una fotografía alterada de la acaecida maestra y se le reprende severamente: ¡eso no es normal Simon! a lo que Bashir responde ¿Y es normal que una maestra se suicide en un salón de clases? Nada de lo ocurrido es normal, ni en el salón de clases ni en Argelia, no hay normalidad posible en el trauma, y cada personaje lo maneja como mejor puede. Alice, por ejemplo, escribe una dura composición que Bashir quiere compartir con el resto de la escuela pero que las autoridades consideran demasiado explícita, a lo que el maestro replica: c’est la vie que est violente, ce pas le text (es la vida la que es violenta, no el texto). Lo que en otro nivel aplica también a la película, que consigue ahondar en temas muy difíciles manteniendo un tono sorprendentemente ligero.
Monsieur Lazhar explora los problemas de la infancia y su educación en un mundo cada vez más complejo; un mundo de violentas contradicciones, de diásporas, emigraciones forzadas y terrorismo, en el que los flujos de ideas, personas, bienes y capitales se han intensificado en la misma media en que las fronteras se han endurecido; un mundo en el que las leyes prohiben a los maestros interactuar con sus alumnos a nivel emocional justo cuando más tendrían que hacerlo; un lugar extraño como el salón de clases donde un abrazo es lo mismo causa de consuelo que de escándalo.





